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domingo, diciembre 04, 2011

Tristeza não tem fim: murió Sócrates

De tanto regodearse con el recuerdo de la formidable selección brasileña de 1970 (la de Pelé, Tostao, Rivellino, Jairzinho y Clodoaldo), uno comete la injusticia de olvidar a otro maravilloso equipo de ese origen: el que participó del Mundial de 1982, dirigido por Telé Santana.

La imprevisibilidad del fútbol es quizá uno de sus principales valores, o al menos el que lo torna tan atractivo. No siempre los mejores ganan, y en los Mundiales ello ha ocurrido varias veces. Por ejemplo, en 1954 y 1974, cuando los húngaros (de Albert y Puskas) y los holandeses (de Cruyff) perdieron respectivamente las finales ante las sólidas maquinarias de Alemania Federal.

Algo parecido pasó en 1982, pero aquel equipo brasileño ni siquiera llegó a semifinales, siendo eliminado en la segunda fase (tras dar cuenta, casi con facilidad, de la Argentina de Kempes y Maradona) por la Italia de Paolo Rossi, que sería  el campeón venciendo, al fin, a los alemanes. Sin embargo, la memoria siempre rescatará el maravilloso juego desplegado por aquellos artistas verdeamarillos: desde el marcador lateral Junior hasta el puntero Eder, pasando por los mediocampistas Sócrates, Falcao y Zico, verlos jugar era como escuchar a una maravillosa orquesta.

Flaco, alto y desgarbado, con más pinta de vendedor playero de artesanías que de jugador, Sócrates era el estratega del cuadro. Su muerte, ocurrida hoy en Sao Paulo, no puede menos que entristecer a quienes amamos el fútbol.

Para recordarlo con nostalgia,  en sus mejores momentos junto a sus compañeros de aquel "dream team", P & M deja aquí este video.



martes, julio 19, 2011

Cuatro años sin Boogie





 In memoriam
Roberto Fontanarrosa
26/11/1944 - 19/07/2007

domingo, junio 19, 2011

Sesenta



Debo haber estado distraído.  Si no, no se explica.

Hace un rato estaba saliendo de mi escuela primaria en Caballito, para ir a tomar la leche a casa y hacer los deberes con el gordo Palino que vivía a una cuadra.

Te digo más: diez minutos después, volvíamos del Hipólito Vieytes con Emilio pensando en el partido que estamos por jugar este sábado. Y al rato, con Guillermo, Pîncha, Micka y Lito nos devanábamos los sesos en la esquina de Espinosa y Neuquén imaginando un lugar al que ir a tomar unas cervezas para pasar otra noche de sábado en blanco.

Eso ocurrió justo un momento antes de que yo entrara a la Facultad por la puerta de la avenida Córdoba, donde patrullaban sin mucho disimulo unos Falcon de color verde y sin patente. Adentro, una morocha  delgadita, peinada con melena y raya al medio, atraía irresitiblemente mi mirada con sus enormes ojos dulces. La ciencia económica se mezclaba en los pasillos con unos militantes fervorosos. A Alberto y a mí la realidad nos parecía difícil de entender, pero el Colorado nos proporcionaba una explicación en la cual queríamos creer. Por entonces, doña Rafa me arropaba en mi cuarto de la calle Fragata Sarmiento; don Miguel ya se había ido, sin tiempo de despedirse.

Un par de minutos más tarde, a la morocha y a mi la nieve de Ushuaia no nos resultaba tan fría como era de esperar. Es que Carlitos y Norma estaban ahí, ahora me doy cuenta de que era por eso. Después hubieron más amigos.

Parpadeamos y nacieron Laura y Esteban. Hace un ratito, nomás, los teníamos  en brazos a esos locos bajitos. Pero, volvimos a parpadear  y ya andaban por el mundo.

De nuevo te digo, seguro que me distraje. Porque me veo al espejo y, salvo por algunos pequeños detalles, por ciertas carencias y ciertos nuevos dolores, estoy igual que siempre.

Como si no cumpliera sesenta.

miércoles, abril 13, 2011

Vamos a volver

Una mezcla de impericia propia (los desatinos de los dirigentes y la apatía de los socios) con maniobras turbias de un gobierno de facto (las presiones que a partir de 1979 ejerció el intendente de la Capital Federal, Osvaldo Cacciatore) hizo que mi querido San Lorenzo de Almagro perdiera su estadio, el mítico "Gasómetro". Estaba ubicado en el corazón del barrio de Bodeo, en un predio que el club terminó enajenando a favor de una empresa fantasma y a cambio de un precio vil,  y que pocos años más tarde fue comprado por una cadena internacional de supermercados, a valor real. El supuesto "reordenamiento urbanístico" alegado por Cacciatore nunca se llevó a cabo; en cambio, alguien hizo un suculento negocio inmobiliario y el barrio se quedó sin su ícono máximo.

San Lorenzo descendió de categoría en 1981 pero al año siguiente la recuperó, tras ganar de punta a punta un torneo de ascenso en el que registró unas ventas de entradas superiores a las de cualquiera de los clubes de la primera división. Esto probaba el enorme arraigo popular de la entidad, pese a lo cual sus equipos debían deambular por canchas alquiladas.

La carencia fue saldada sólo en parte con la construcción del nuevo estadio en la zona del Bajo Flores: en realidad, los hinchas de San Lorenzo desparramados por el país y por el mundo sentimos el destierro como una espina clavada en el alma.

Ayer hubo una movilización de socios y simpatizantes ante la Legisatura porteña, apoyando un proyecto de ley para que se restituya al club aquella propiedad. Es una iniciativa que seguramente afrontará varios obstáculos, ya que habrá que contemplar muchos aspectos, tanto políticos como económicos. Pero pese a todas las dificultades, no parece algo imposible para un club que en su centenaria historia superó muchos momentos gravísimos y hasta construyó dos estadios.

Si alguna vez tengo la suerte de ver nuevamente al Ciclón en Boedo, sentiré que estoy en el viejo Gasómetro ingresando por la portada de la calle Inclán, para atravesar luego el patio bordeado por el natatorio y el salón San Martín, hasta pasar debajo de la tribuna y llegar al acceso a la platea alta, sector Lazzari. Entonces, como cuenta José Angel Trelles en el video que dejo al pie, la mano tibia de mi viejo me ayudará a trepar por los tablones, mientras un nudo nostalgioso irá invadiéndome el pecho.


domingo, marzo 27, 2011

El (horrible) fútbol nuestro de cada día



Cualquier veterano más o menos futbolero admite que el nivel de los espectáculos que hoy se pueden apreciar en el ámbito local es, por decir lo menos, flojo. No sólo es bastante difícil ver en nuestras canchas de primera división una sucesión de jugadas hilvanadas, sino que hasta cuesta encontrar jugadores capaces de dar un pase a un compañero situado a cinco metros de distancia con una mínima eficacia. Todo se desarrolla en clave de lucha, con dientes apretados, violencia (real y simulada) a discreción y mucha irregularidad.

Es posible que el sistema de torneos cortos sea responsable en buena medida de esa especie de histeria hipercombativa que ha desalojado casi por completo de las canchas argentas al buen trato de pelota. Además, hay superabundancia de explicaciones emparentadas con la sociología y/o la psicología social, a las que este post lejos está de pretender sumarse. En cambio, intentaré aquí una argumentación relacionada con la materia prima del espectáculo, esos privilegiados "players" (Coco Basile dixit) que cada fin de semana nos brindan clases magistrales de teatro en dosis inusitadamente más pequeñas que las de jugadas agradables.

Generalizando (y recordando que, como dijo alguien,"toda generalización es injusta, incluyendo la presente"), se puede discriminar a la masa de jugadores que actúa en nuestras canchas de la siguiente manera:

  • Un grupete de juveniles de entre 18 y 22 años, más o menos bien dotados para este juego, que han llegado a primera para ocupar las vacantes dejadas por quienes consiguieron ser transferidos al exterior, saga que por supuesto aspiran a repetir. Es posible que en las divisiones inferiores (que ya no son los "semilleros" de antes sino un mercado semisalvaje en el que pululan cazadores de talentos y empresarios de toda laya interactuando con padres desesperados por "salvarse" gracias a sus hijos) no hayan adquirido conceptos elementales del juego, pero de un modo u otro llegan entreverarse en la categoría superior. Una vez lanzados al ruedo, la marea mediática los envolverá pidiéndoles opiniones como si a tan tierna edad pudieran ser expertos en algo más que mensajear con sus celulares, y ellos creerán que, en efecto, lo saben casi todo. Ejercen,  se diría, el dulce pecado de juventud.
  • Un segmento de veteranos de 29/30 años y más, que han vuelto de Europa, México o Ucrania, a gastar sus últimos cartuchos en el lugar de origen. Son tipos que a sus buenas condiciones han agregado una trayectoria en medios muy competitivos que los obligó a un salto de calidad, por lo que no les cuesta demasiado destacarse aquí. No obstante, las huellas de una campaña extensa y dura se empiezan a manifestar en muchos de ellos, que no siempre encuentran respaldo físico para mantener sus rendimientos.
  • Y un tercer grupo de jugadores de entre 23 y 29 años y nivel competitivo medio (sería injusto o demasiado duro tildarlos de mediocres, aunque me siento tentado a ello), que no han podido jugar en el exterior y casi con seguridad nunca conseguirán hacerlo (al menos, en ligas de cierto nivel de exigencia). Entre ellos, es cierto, hay unos pocos talentos que no emigraron por diversas circunstancias, pero la característica del grupo es la medianía.

Como resulta obvio, no juegan en la Argentina los profesionales de mayor calidad, con quienes se nutre la selección nacional, cuyas habilidades son las que posicionan a nuestro país como una potencia internacional, por más que en las últimas dos décadas no hayamos logrado confirmar dicha calificación en los podios de los torneos mundiales.

La conclusión es que esa sumatoria de imberbes ensoberbecidos, viejos guerreros heridos  y rústicos picapedreros no puede menos que entregar los semibochornosos espectáculos de hoy, a los que nos hemos debido acostumbrar. Comparar un partido entre dos de los mejores equipos locales (un Estudiantes-Vélez, digamos) con, por ejemplo, el Inter-Bayern Munich de días pasados es imposible: aunque se los denomine con la misma palabra, los deportes que juegan unos y otros son muy distintos.

Así que, estimados lectores de P & M que comparten el gusto por el fóbal con quien esto escribe, no hay más remedio que amoldarse a los tiempos que corren (u olvidarse de este jueguito). Es posible, sólo posible, que el domingo entrante Mengano, Zutanez y Fulanelli -a la sazón vistiendo la misma camiseta-  consigan pasarse la pelota entre ellos sin equivocaciones, pero habrá que estar alertas porque en caso de ocurrir, el milagro sólo se producirá una vez en los noventa y pico de minutos que durará la contienda. El resto del tiempo transcurrirá entre kicks a cargar de pura raigambre rugbística, rechazos a cualquier parte, agarrones semiocultos, patadas explícitas, algún escupitajo y sobreactuadas caídas al piso, al término de lo cual los protagonistas (tanto en las conferencias de prensa que suceden a los partidos como en los mil y un programas televisivos de la semana) repetirán hasta el hartazgo sus frases hechas y lugares comunes, aunque con cara de estar emitiendo un pensamiento filosófico digno de Heidegger.

Bueno, termino con esto aquí, porque quiero ver qué partido están transmitiendo en Fútbol para Todos.

domingo, junio 20, 2010

Día del Padre


El discurso progre sostiene que el Día del Padre es un mero recurso de marketing, un invento para aumentar las ventas, por lo cual festejarlo no es más que una concesión al capitalismo salvaje, algo así como hacerle el juego a los perversos empresarios que sólo buscan maximizar beneficios.

Como ello me tiene sin cuidado, hoy disfruté con plenitud e intensidad del dulce beso de mi hija, del afectuoso e-mail que me envió  mi hijo desde tierras lejanas y de las felicitaciones que me hicieron llegar familiares y amigos; por supuesto, también brindé por eso.  La oportunidad ha sido buena asimismo para auto-posicionarme una vez más en el lugar adecuado, enviando los pocos vestigios de mi egolatría a un merecido desván mental, al recordar que lo que mejor me salió en la vida (tener dos hijos que hoy son muy buenas personas) fue el producto de un trabajo en equipo del que fuí partícipe necesario pero no suficiente...

Además dediqué un tiempo a recordar a mi viejo, que partió de este mundo cuando yo tenía veinte años. Repasé sin tristeza los buenos momentos de mi niñez y juventud, así como la calidez de la relación que mantuvimos pese a la gran diferencia de edad. La única sombra la provocó el pensar que se me fue demasiado pronto, pero el valor de los recuerdos gratos la compensó con creces.

Sí, hoy pasé un feliz día del padre.

martes, mayo 11, 2010

Una Ushuaia como la de antes, bonus track


Aunque esperable, es decepcionante. La reacción de la dirigencia política fueguina ante la repercusión  del asesinato del taxista Antonio Toledo, ocurrido la semana pasada en Ushuaia, no fue capaz de superar la chatura, el habitual bajo vuelo de sus integrantes. Un denodado intercambio de acusaciones y chicanas entre intendentes, concejales, legisladores y funcionarios provinciales fue el ¿inevitable? telón de fondo de la tragedia.

Varios dirigentes, a quienes -como se suele decir-  no se les cae una idea ni por casualidad, son duchos en el arte de descalificar al adversario.

Hubo, no obstante, algunas propuestas. La de la policía (incrementar el número de agentes en la calle), comentada en el post precedente, no fue una novedad, aunque de concretarse,  ayudaría.  Los intendentes avanzan, según parece, en la idea de instrumentar un sistema de monitoreo mediante cámaras instaladas en puntos estratégicos de Ushuaia y Río Grande, una experiencia que ha arrojado resultados positivos en el partido bonaerense de Tigre.

Entre tanto, el debate sigue por carriles que no han sido agotados. La cuestión del control, según argumentábamos aquí, suele incomodar al autoproclamado progresismo que hoy encarna el oficialismo provincial, pero que tiene cultores también en otros referentes políticos.

Un tema latente es el de los asentamientos irregulares, una cuestión que en Ushuaia ha alcanzado niveles preocupantes. Porque cualquier iniciativa que tienda a encuadrar a quienes allí habitan en un marco de legalidad en su más amplio sentido, recibe el inmediato sambenito progre: eso es discriminación. O algo mucho peor: racismo.

Visto de cierto modo, suena hasta irónico. En Ushuaia, se trata de ocupaciones del espacio público (cuya defensa es una consigna básica de la corrección política) y, en particular, de zonas del bosque nativo (ídem anterior) en la perifieria de la ciudad, en las que se han establecido en condiciones de extrema precariedad, segmentos de inmigrantes recientes cuyo traslado hasta allí desde varios puntos del país -dados sus bajos ingresos y escasos recursos-  es muy posible que haya contado con el aliento, cuando no con el financiamiento, de sectores políticos que aspiraron (y aspiran) a convertir a esas personas en espadas, lanzas e infantería de la propia tropa política. Puras presunciones, claro.

En la mayoría de los casos, por lo tanto, no son más que víctimas del clientelismo en su versión más perversa. Sin embargo, entre ellos -hay que decirlo- emergen personajes que desarrollan una impronta delictiva de distintas maneras, ejerciendo unas formas de violencia que van creciendo alarmantemente.

En definitiva, se trata de síntomas de una patología social que los dirigentes harían bien en atender, superando las ataduras ideológicas y su hasta ahora irrefrenable propensión a la politiquería más frívola.

Imagen: "Agosto, 3 PM", acuarela de Eduardo Nicolai

jueves, mayo 06, 2010

Una Ushuaia como la de antes


El cartel, garabateado en caracteres de color verde, postulaba una utopía: "Por una Ushuaia como la de antes, segura y sin delincuentes". Escrito por un poblador anónimo, estaba dirigido a una clase política que -una vez más- evidenciaba no estar a la altura de las circunstancias.

Una utopía, es cierto, porque no es posible volver el tiempo atrás.  Pero, ¿acaso los políticos no suelen vanagloriarse de plantear utopías? Quienes hoy gobiernan a los fueguinos, como tantos antes que ellos, ¿no prometieron durante la campaña electoral, en cierto modo, realizar las utopías del pueblo? ¿Estaban preparados, siquiera para intentarlo?

La seguridad (en realidad, su falta) resulta un asunto por demás incómodo para el autoproclamado progresismo nacional en sus distintas variantes. La sombra de las dictaduras que sufrimos se transformó para ellos en una bandera: cualquier insinuación respecto de la necesidad de actuar en contra del crimen es tachada de "represiva".

En esa línea de pensamiento, los reclamos ante la inseguridad son descalificados por provenir de "sectores que quieren mantener sus privilegios" a costa de los más necesitados. El prejuicio es recurrente: exigen seguridad los ricos, para protegerse de sus enemigos,  los pobres.

En Ushuaia, la realidad acaba de dar otro rotundo mentís a este paradigma. La víctima del delito no ha sido un industrial poderoso, ni siquiera un comerciante próspero. Antonio Toledo era un modesto taxista, que ayer murió horas después de haber sido apuñalado por un asaltante mientras estaba trabajando.

Ushuaia jamás volverá a ser como la recuerda el redactor de aquél cartel. Pero detrás de la masiva protesta ciudadana de estas jornadas hay mucho más que recuerdos de un pasado ideal que no puede regresar. No se trata, de ninguna manera, del rechazo a un progreso con beneficios y costos.

Está por un lado la bronca por los asentamientos irregulares de personas en la zona alta de la ciudad, que el imaginario colectivo (probablemente con mucha razón)  identifica con la permisividad -cuando no, con el aliento liso y llano-  por parte de distintos estamentos de la política. Asentamientos en los que la precariedad y las carencias de todo tipo han venido conformando un caldo de cultivo para situaciones y conductas de alta conflictividad social.

Está también el hastío por la ineptitud de una dirigencia (incluyendo a políticos y gremialistas) que no se preocupa por responder a los requerimientos de la comunidad, mientras se enrieda una y otra vez en disputas interminables. Por eso es que las críticas no se limitaron a las principales figuras del gobierno provincial, sino que comprendieron a los sindicalistas. Una de las consignas de los manifestantes de estos días expresaba: "No somos compañeros, no somos de los gremios, somos vecinos".

Y, además, existe el descontento por un Estado que no logra superar una ineficacia estructural en áreas básicas como la seguridad, la educación y la salud. Con un agravante: mientras las gravísimas consecuencias de la  incompetencia estatal en materia educativa se difieren en el tiempo,  la insolvencia en materia de seguridad cobra vidas al contado.

De nuevo, aparece la paradoja. Un elenco gubernativo que desde el llano y hasta hoy (a casi dos años y medio de haber asumido) reivindicó con fervor militante el rol protagónico que a su juicio debe desempeñar el Estado en la vida de la sociedad, se encuentra con que no está en condiciones de poner en la calle el número suficiente de agentes y patrulleros. La sensación de  improvisación es inocultable.


Como si se tratara de un hallazgo, los funcionarios avisan ahora que los policías que se venían ocupando de tareas administrativas serán asignados a tareas de carácter preventivo. Habría que creer -aunque es muy dudoso-  que ese trabajo de escritorio lo harán de aquí en más algunos de los benficiarios del tristemente célebre "megapase" de la dupla Colazo-Cóccaro, esa cohorte de incansables bebedores de mate que tan bien la ha venido pasando en estos años.

Mientras, de un modo patético, un legislador oficialista pretendió echar la culpa al sector privado local por su rechazo a un incremento en las cargas impositivas, que supuestamente hubiera permitido financiar mejoras en aquellas áreas críticas. Nadie pareció tomar en serio una lectura de la realidad que pretendía justificar la concepción imperante entre los gobernantes (y una considerable parte de los agentes públicos): que el Estado fueguino existe ante todo para tener empleados bien pagos, por lo que la ejecución de las demás funciones está subordinada a ello. 


Imagen: "Linda mañana", acuarela del pintor fueguino Eduardo Nicolai.

domingo, febrero 21, 2010

Adiós a Ariel Ramírez

Estoy seguro de no exagerar si afirmo que Ariel Ramírez (quien murió el pasado jueves 18, a los 88 años) es una de las figuras más importantes del rico espectro del folklore argentino. Pianista a la par virtuoso y exquisito, fue el compositor de bellísimas piezas que hoy son clásicos del género, como "El Paraná en una zamba", "Zamba de usted", "Santafesino de veras", "Agua y sol del Paraná" y una de mis preferidas, "Volveré siempre a San Juan". Colaboraron con él letristas de la talla de Armando Tejada Gómez, Jaime Dávalos y su entrañable amigo Miguel Brascó.

Fue el creador de la "Misa criolla", grabada inicialmente con el conjunto Los Fronterizos y el excelente cantante jujeño Zamba Quipildor (aún conservo por allí el viejo LP de vinilo), y que con el tiempo llegó a presentar varias veces en Europa, con la voz del tenor español José Carreras. Una de las composiciones de esta obra, "La Peregrinación", le fue robada -lisa y llanamente- y grabada en Francia con otro título; esto lo motivó a desarrollar una intensa actividad gremial en defensa de los intereses de los autores, presidiendo durante varios años Sadayc.

Compuso música para películas y obras corales como "Misa por la paz y la justicia". Compartió el escenario con intérpretes como Lolita Torres, Eduardo Falú y Mercedes Sosa, entre otros.

P & M le da el adiós recordándolo en la interpretación de una de sus primeras composiciones, "La Tristecita". Lo acompaña en este video el fenomenal percusionista Domingo Cura, y se escuchan de fondo unos versos en la voz patriarcal Atahualpa Yupanqui.

Link: sitio oficial de Ariel Ramírez.


lunes, enero 04, 2010

Sandro de América

Durante mi adolescencia, él no entraba en mi consideración. Mis gustos oscilaban entre la música rock & pop y un reciente descubrimiento del folklore, por lo que la temática romántica de los temas que Sandro cantaba (por entonces, él ya había dejado atrás la etapa en que imitaba el estilo rockero de Elvis Presley, acompañado por "Los de Fuego") no terminaba de atraparme. Y su estética del smoking y las camisas con pechera tampoco me atraía.

La vida continuó y, como dice la letra de Homero Expósito, vivir es cambiar. Cambiaron mis gustos, descubrí el tango ("a los que no les gusta el tango, los espero después de los 30", Osvaldo Pugliese) y también las canciones de Sandro comenzaron a llamarme la atención, así como su particular expresividad al interpretarlas. Al mismo tiempo, pude valorar su repercusión popular y ciertas características personales -de las pocas que él dejaba trascender, alejado como estuvo siempre del vedettismo y la figuración- que lo definían como un buen tipo. Un artista que nunca cometió el error de confundirse con su personaje.

Tan importante ha sido su trayectoria, que además de sembrar por toda América Latina clubes de admiradores incondicionales (que seguirán siéndole fieles, no cabe duda), ha tenido numerosos imitadores que le rindieron culto, como ocurrió en el caso de su viejo ídolo Elvis.

La última etapa de su vida lo reveló, además, como un tipo digno y corajudo. Se va de este mundo envuelto en la adoración de sus admiradores y en medio de un respeto generalizado.

P & M quiere recordarlo en este video, cuando Roberto Sánchez estaba en la fase ascendente de la parábola que hoy, tristemente, ha llegado a su fin.




domingo, diciembre 13, 2009

La estrella de Buenos Aires

Hoy, en su habitual incursión dominguera por el mundo del tango, P & M homenajea a una cancionista (como se las llamaba antes) que es una de las leyendas vivientes del género: Virginia Luque.

"La estrella de Buenos Aires", tal era el slogan con que se la presentaba en los años sesenta, formó parte del magnífico álbum "Café de los Maestros", publicado en 2005, una producción del multipremiado Gustavo Santaolalla con artistas argentinos y uruguayos mayores de 70 años.

El propio Santaolalla relató en una entrevista su vivencia sobre la grabación que Virginia hizo de "La canción de Buenos Aires", un tango de Manuel Romero y Azucena Maizani:

"Virginia vino durante la grabación de ‘La canción de Buenos Aires’, y puso una voz de referencia. Es un tema que está lleno de lo que en términos musicales se llama calderón, que significa que está todo en el aire, no tiene una rítmica fija, hay espacios totalmente abiertos. La orquesta para, entra la voz (canta: “Buenos Aires, cuando lejos te vi”), y en cada una de esas paradas, la orquesta la va siguiendo a ella para volver a entrar. Yo pensé: ‘Cuando venga a poner la voz definitiva, no la va a poder grabar nunca, ¿cómo sabe cuándo tiene que entrar?’. Al otro día viene a poner la voz definitiva, y yo le digo: ‘Mire, Virginia, no se preocupe que hoy en día con la tecnología que tenemos, el Pro Tools y todo eso, si se llega a equivocar, la voz se puede correr y mover’. Ella me miró con una cara como diciendo no me ofendas, y dijo: ‘Lo voy a hacer en una toma’. Y es la toma que hay en el disco. O sea, entró y la clavó. Cuando terminó de cantar, estaba llorando."

Esto ocurrió en 2004. Cuatro años y medio más tarde, el 11 de diciembre de 2008, ella interpretó esa pieza en una presentación teatral, cuyo video dejo aquí. La calidad técnica de la grabación es deficiente (aunque el archivo está en buenas condiciones), pero tiene un valor especial: Virginia, que en ese momento había cumplido ¡81 años! y venía de estar internada por problemas de salud, demuestra cómo su carismática personalidad y su calidad artística resisten impecablemente el paso del tiempo. Por eso, conmueve escucharla cantar ese tramo de la letra que dice: "Y le pido a mi destino el favor/de que al fin de mi vida/oiga el llorar del bandoneón/entonando tu nostálgica canción".


domingo, octubre 04, 2009

martes, julio 21, 2009

Fontanarrosa y los amigos


Uno de las muchos motivos por los que envidio al luthier Daniel Rabinovich es su amistad con Roberto Fontanarrosa. Habiendo seguido al gran Negro desde que descubrí a "Boogie el aceitoso" en las páginas de la mítica revista "Hortensia", hubiera dado no sé qué cosa por haber podido compartir con él al menos un café en El Cairo rosarino.

La cosa viene a cuento porque en días pasados, circuló un e-mail de esos masivos, que llamaba a cambiar la fecha del 20 de julio como Día del Amigo. Su autor nos recordaba que la celebración se efectúa en conmemoración del día en que el hombre llegó por primera vez a la Luna, y proponía cambiarlo al 19 de julio, fecha del fallecimiento de Fontanarrosa. Pero lo que me chocó fue el argumento: decía que "otra vez, faltos de identidad, compramos historias ajenas", por ser ese, apuntaba, "el día en que los yanquis (no la humanidad, agrego yo) llegaron" al satélite que tanto ha desvelado a los poetas.

Que los norteamericanos no son simpáticos casi para nadie (aunque muchos de ellos se pregunten perplejos "por qué nos odian") no es novedad, como tampoco lo es que existen muchísimas causas para ese sentimiento generalizado, quizá tantas como para despertar admiración. Pero en este caso, el punto es que la fecha fue propuesta... por un argentino! En efecto, fue un señor llamado Enrique Ernesto Febbraro, según parece odontólogo fundador de una "Asociación Mundial para el Entendimiento" y vecino de la localidad de Lomas de Zamora, quien tuvo la idea al comprobar tras el viaje de Armstrong y sus colegas que todo el mundo estaba de acuerdo con algo, por una vez en la vida (ver aquí). De modo que, por lo menos, la historia no es ajena a los argentinos.

Y hay algo más. Yo estoy de acuerdo en que el enorme talento y la bonhomía de Fontanarrosa merecen ser recordados, pero me parecería mucho más razonable hacerlo en la fecha de su nacimiento. Es que la necrofilia me provoca cada vez más rechazo...

lunes, julio 20, 2009

Decir amigo

"...se me figura



que decir amigo






es decir ternura"


domingo, julio 19, 2009

Jugar lindo, jugar bien, ganar...


(Divagaciones a la hora de la siesta,
en un domingo sin fútbol)


Hubo un tiempo en que el fútbol de primera división se jugaba sólo los domingos. Tiempo en que, tras el apurado consumo de los ravioles "de la vieja", los futboleros íbamos a la cancha para sufrir (porque, en última instancia, el sufrimiento es un componente tan importante del espectáculo futbolístico como el placer) por los colores queridos. Los sábados se jugaban sólo los torneos de ascenso, y los viernes, sencillamente, no había partidos.

Hoy eso ha cambiado por completo, bajo los dictados de la televisión. Y no sólo hay fútbol de primera los viernes y sábados, sino que un martes, por ejemplo, uno se puede topar en la pantalla con las escenas de un partido entre dos equipos de alguna remota división del ascenso transmitidas en directo.

De cualquier manera, cuando un domingo no hay fútbol -como hoy- parece que "falta algo". Y entonces, puede pasar que el futbolero se entregue al ejercicio de las divagaciones, que es lo que sucede hoy conmigo. Aquí va, entonces, el producto de mis disquisiciones.

- Menottistas y bilardistas

El reciente triunfo de Estudiantes de La Plata en la Copa Libertadores, pocos días después de la definición del torneo Clausura con la consagración de Vélez Sarsfield (o con la frustración de Huracán, que tuvo más repercusión) reactualizó el debate entre los partidarios del "fútbol lindo" y los del "eficiente".

El asunto no es nuevo y, como suele ocurrir en nuestro país, la polémica alcanzó el rango de una gran antinomia, cercana a las más virulentas de nuestra tradición política (unitarios y federales, peronistas y antiperonistas). Buceando en la memoria, creo que los orígenes de la cuestión (o, al menos, de su versión moderna) pueden ubicarse unos treinta y cinco años atrás, cuando la selección argentina sumó una nueva frustración en el Mundial de Alemania.

Y debo retroceder un poco más, para recordar que cuando tras la segunda guerra se reanudaron estas competencias, nuestros representativos no participaron en las de 1950 y 1954 porque decíamos (y creíamos) que éramos los mejores y no necesitábamos demostrarlo. Tras esta argentinada, accedimos a entreverarnos con la plebe y fracasamos de manera estrepitosa y sucesiva (en 1970 ni siquiera nos clasificamos).

Tras la debacle del 74 fue designado DT César Menotti, que venía de dirigir al Huracán campeón del año anterior. un equipo que quedaría en la historia por la alta calidad de su juego.

El nuevo conductor se propuso amalgamar la buena técnica del jugador argentino con atributos hasta entonces casi menospreciados, como la velocidad de los desplazamientos y la disciplina táctica. Además, tomó la acertada decisión de salir a competir por el mundo, para que sus dirigidos conocieran las características del juego europeo y, como consecuencia de ello, le perdieran el miedo.

El resultado no pudo ser mejor, no sólo porque la selección ganó el campeonato de 1978 jugando muy bien, sino porque desde entonces los equipos blanquicelestes se instalaron en el nivel más alto de las competencias internacionales.

El ciclo de Menotti se cerró en España 1982, cuando tras la reaparición de la soberbia (los jugadores admitirían luego que antes de jugar pensaban que ya eran campeones) ni siquiera llegamos a semifinales. Y entonces se produjo la designación de Carlos Bilardo como DT, hecho que daría inicio al debate interminable: menottistas vs. bilardistas.

- Confieso que he vivido

Bilardo era algo así como la continuidad ideológica de Zubeldía, el DT que había llevado a Estudiantes a la conquista de tres Copa Libertadores y una Intercontinental sustentando sus posibilidades de éxito en un pragmatismo casi salvaje: defensa dura, al filo del reglamento; trabajo "psicológico" contra el adversario; aprovechamiento de jugadas con pelota parada (como el novedoso lanzamiento de tiros de esquina con "pierna cambiada"), etc.

Por aquellos años, yo era un tipo de convicciones muy (demasiado) firmes. Entonces, adherí sin miramientos al "ideario" menottista. La verdad del fútbol consistía, para la gauche menottiana, en practicar un lirismo que privilegiaba el juego agradable a la vista, anteponiendo esa premisa a cualquier otra; los que no tomaban en cuenta esto, eran tachados de meros resultadistas, adalides del antifútbol.

Del otro lado, los execrables bilardistas, que justificaban cualquier ventaja obtenida a partir de un desequilibrio emocional del contrario y no trepidaban en celebrar un gol conseguido -qué asco!- tras un centro con comba que había tomado a contrapierna a la defensa rival. A los bilardistas esto no sólo no les importaba, sino que los enorgullecía: los contrarios eran unos pobres líricos.

Después, las convicciones menottistas -al igual que otras- comenzaron a temblar, cuando el equipo dirigido por el semidespreciable Bilardo ganó el Mundial de 1986, y uno se descubrió a sí mismo celebrando como un desaforado -aún antes que la memorable victoria en la final contra Alemania- aquel gol trucho de Maradona contra los ingleses...

- Jogo bonito

Waldir Pereira fue un futbolista brasileño conocido por su apodo, Didí, que integró los seleccionados campeones mundiales de 1958 y 1962. Tiempo después, como técnico de River Plate, acuñó la expresión "jogo bonito" para referirse a la forma en que él quería que jugara su equipo. Si se miran los resultados no tuvo éxito, pero su gestión le dió aire a una generación de jugadores riverplatenses que poco más adelante le daría grandes satisfacciones a ese club, entre ellos el Beto Alonso y J. J. López.

Las fortalezas del jogo bonito coincidían con el "tiki-tiki" que hoy proclama Angel Cappa: toque, rotación, buen trato de pelota. Pero sus debilidades eran no menos importantes: fragilidad defensiva, dificultades para sostener su juego ante un rival aplicado a la marca.

Es posible que la síntesis más certera del asunto fuera la que aportó otro brasileño, Elba de Padua Lima, apodado "Tim", que en 1968 condujo al San Lorenzo de mis amores al título de campeón metropolitano, venciendo en la final al Estudiantes de Bilardo. Tim decía que "el fútbol es una frazada corta: si te tapás los pies, te destapás la cabeza", aludiendo a los desequilibrios que surgen entre las propuestas ofensiva y defensiva de un equipo. Es, como en tantos órdenes de la vida, cuestión de elegir y de buscar el equilibrio.

En ese sentido, tengo para mí que el equipo que más se aproximó a una armonía casi perfecta entre todas sus líneas fue la selección brasileña que ganó el Mundial de 1970, cuya foto ilustra este post. La facilidad y contundencia con que aquellos monstruos (Pelé, Rivellino, Jairzinho, Tostao, Clodoaldo) dieron cuenta de la siempre dura y díficil Italia (donde revistaban "nenes" como Facchetti, Gianni Rivera, Gigi Riva y Boninsegna) estableció, a mi modo de ver, un hito cumbreño en la historia del fútbol.

Quizá la Holanda de 1974, aquella del "fútbol total" que lideraba el gran Johann Cruyff, haya estado cerca de alcanzar un nivel parecido, pero declinó en la final, ante la fría eficiencia de la maquinaria alemana y la potencia goleadora de Gerd Muller.

Los lectores que hayan llegado hasta aquí tal vez coincidan conmigo en que, desde 1974/82 a esta parte, la calidad o el nivel del juego en los mundiales ha venido descendiendo sin prisa pero sin pausa.

- Jugar lindo, jugar bien, ganar

Y alcanzado este punto, hagámonos las preguntas pertinentes: ¿qué significa, después de todo, jugar "bien"? ¿Es sinónimo de "jugar lindo"? Jugar "bien", ¿implica olvidarse de ganar?

Repito que para mí, Brasil 1970 reunió las tres premisas: jugaba lindo, jugaba bien y ganaba. Y de aquí saco una conclusión derivada, de algún modo, de la teoría de conjuntos: "jugar lindo" puede formar parte de "jugar bien", pero no es el único componente de este concepto.

Porque jugar bien implica desplegar con acierto las diferentes líneas en el terreno, defender con orden y firmeza cuando el rival ataca (porque, aunque muchos lo olvidan, el rival también juega y quiere ganar), aplicar la táctica adecuada, explotar las debilidades del contrario.

Huracán de 1973 (al que algunos trasnochados comparan con la versión 2009 de Cappa) jugaba muy lindo, merced al talento de Brindisi y Babington, y -en especial- al genio de René Houseman. Pero cuando los adversarios querían atacarlo, primero tenían que superar el trajín de "Fatiga" Russo en la mitad de la cancha, y luego se topaban con la experiencia y firmeza del Coco Basile y el uruguayo Chabay. En suma, también era difícil hacerle goles.

Aquel Estudiantes de Zubeldía , además de haber hecho un culto de ciertos criterios defensivos muy discutibles, tenía jugadores de buen pie como Madero, el Bocha Flores, Echecopar y Verón padre. Es decir, no era una horda de rústicos ventajeros.

Y hay todavía un par de preguntas más.

¿A la gente sólo le gusta que su equipo juegue lindo? Por supuesto que no. No sólo los argentinos celebramos el gol de "la mano de Dios"; también los brasileños festejaron enloquecidos el tetracampeonato mundial de 1994, sin que el "paladar negro" de la torcida resultara afectado en lo más mínimo por el juego tan gris como conservador de aquel equipo.

¿Jugar lindo no sirve para ganar campeonatos? Lo hecho por el rutilante Barcelona que ganó "todo" en esta temporada europea es la respuesta más contundente a tal pregunta.

Después de todo, tratándose de fútbol, las certezas no existen. Sino, que le pregunten a los hinchas de Atlético Rafaela lo que pensaban a dos minutos del final de su último partido contra Gimnasia y Esgrima de La Plata.

Por lo menos, así lo veo yo...

jueves, julio 09, 2009

Día de la Independencia


Todos los 9 de julio de mi infancia, mi madre me despertaba bien temprano, dándome el tiempo suficiente para prepararme. Como yo iba al colegio en el turno tarde, no estaba acostumbrado a esos madrugones invernales para asistir a las fiestas patrias, que por lo tanto eran para mí unas pruebas muy duras.

Tengo indeleblemente asociadas esas celebraciones al clima muy frío, normal para la época del año pero potenciado en la Buenos Aires de fines de los cincuentas y comienzos de los sesentas debido a la pobre -cuando no nula- calefacción de los ambientes. Además, los actos se cumplían en el patio de la escuela, salvo cuando llovía y nos apretujábamos en el gimnasio cubierto. El discurso de un maestro nos recordaba la gesta de los patriotas de 1816. Al finalizar, retemplábamos el cuerpo con la "copa de leche" que pagaba la asociación cooperadora.

Altri tempi: los feriados no se corrían para favorecer al turismo, los maestros no eran "trabajadores de la educación", los padres participaban con interés de los actos y de las reuniones con los docentes.

No sé cómo ni cuándo ocurrió, pero lo cierto es que el sentido de la conmemoración se ha ido perdiendo hasta, creo, casi desaparecer. Los actos escolares no se hacen en la fecha precisa, sino un día antes, por lo que se pierden horas de clases.

No es extraño que así suceda. La mayoría de los argentinos ha enviado a los feriados patrios a la categoría inferior de día no laborable. Los que pueden se hacen una "escapada" turística, y los demás dejan simplemente que transcurra el tiempo. Casi nadie recuerda a aquellos hombres que estaban construyendo algo sin saber en qué iba a consistir, esperanzados en labrar un porvenir mejor.

Nosotros, como dice el poema borgeano, "somos el porvenir de esos varones, la justificación de aquellos muertos". Sin embargo, parece que ello no nos importa demasiado. Los fragores de la lucha cotidiana por la supervivencia y un individualismo exacerbado (la Patria, después de todo, es un concepto asociado al bien común) nos impiden detenernos a reflexionar sobre aquellos valores.

Este año el asueto por la Gripe A refuerza la lejanía con el ideario independentista. Pese a las advertencias de las autoridades, mucha gente ha resuelvo "aprovechar" el feriado puente de mañana para partir hacia los distintos lugares de turismo.

Pocos recuerdan los versos de Borges:

"La patria, amigos, es un acto perpetuo,
como el perpetuo mundo"

martes, mayo 12, 2009

No soy de aquí ni soy de allá


La aguja de "Political Compass" (ver barra derecha del blog, abajo de "El último libro que leí") me señala como una suerte de "libertario de centroderecha". Libertario o liberal, supongo, en el sentido estadounidense del término: opuesto al autoritarismo.

Puede ser. Estoy en ese cuadrante donde se intersectarían las etiquetas "libertarian" y "right", no tan a la derecha como Milton Friedman, más o menos por donde en 2008 andaban los gobiernos de Finlandia y Dinamarca así como el partido Liberal Demócrata inglés (mirá vos!), y no tan a la izquierda como el Dalai Lama o Gandhi (en todos los casos salvando, por supuesto, las estratosféricas distancias, y siempre según los criterios de ese sitio web).

Hubo un tiempo lejano (al menos, más lejano que lo que me gustaría admitir) en que fui, según yo mismo, un tipo de izquierda. No era tan sencillo: me definía como alguien de izquierda, sí, pero nacional. Ergo, seguía al Colorado Ramos, miraba con simpatía al peronismo, adhería a Keynes y al estructuralismo.

No me pregunten qué pasó, pero las convicciones fueron mutando. Hasta que las nuevas dejaron de ser convicciones para convertirse en... ¿posiblemente? ¿quizás?. Como me dijo un amigo: "Con los años, cada vez soy menos absoluto".

De algún modo, el cambio se produjo, aunque tampoco es para tanto. Como le pasa a Vargas Llosa (otra vez, salvando las abismales distancias) no creo ser un conservador. Entre otras cosas, porque

  • Estoy a favor de una sociedad laica y plural.
  • Estoy en contra de los dogmas políticos y religiosos. No creo en una verdad absoluta.
  • No soy nacionalista.
  • No soy homofóbico.
  • Quiero un presupuesto público alto para la educación en sus niveles primario y secundario.
  • Quiero que los padres controlen y participen de la ejecución de ese presupuesto, eligiendo el colegio al que quieren enviar a sus hijos.
  • Abogo por la educación superior gratuita para quienes ameriten recibirla y no puedan pagar un arancel.
  • Sostengo los dos puntos anteriores porque estoy convencido de que la educación es la palanca que puede empezar a hacer que nuestro país deje atrás el lugar que hoy ocupa.
  • Estoy a favor de la libertad de prensa y de agremiación.
  • No creo en, ni espero a ningún iluminado poseedor de la receta mágica para curar todos nuestros males.
  • No admito la violencia, salvo cuando sea estrictamente necesaria para que un defensor de San Lorenzo corte un contraataque que amenace al arco azulgrana.
  • No creo que exista ni que vaya a existir una sociedad perfecta.
  • Quiero un Estado que no pretenda controlar o dirigir el pensamiento de los ciudadanos, y que en cambio haga cumplir las leyes y brinde seguridad a las personas honestas.
  • Quiero que los encargados de la política económica usen, como dice de Pablo, la herramienta más apropiada (ortodoxa o heterodoxa) para la resolución de cada problema.

En fin, alguien podrá decir: y a qué viene toda esta perorata?

Bueno, tal vez se me haya ido la mano con el malbec en la cena...

(La imagen es del entrañable Facundo Cabral, en mi época preadolescente llamado El Indio Gasparino, autor de la canción cuyo título robé para rotular este post).





jueves, abril 02, 2009

Raúl Alfonsín


El fallecimiento de cualquier persona genera en quienes la conocieron, una reflexión sobre el significado de esa vida que ha terminado. En el caso de una figura pública con la trascendencia que ha tenido la de Raúl Alfonsín, tal consideración estará influida por recuerdos y apreciaciones sobre aspectos políticos, así como por las vivencias personales que la época impregnó en el observador.

Lo primero en que pensé cuando leí los elogios y vi las muestras de afecto en los medios de comunicación, fue en el cambio del humor colectivo como una característica casi genética de los argentinos. Alfonsín renunció a la presidencia envuelto en un desprestigio descomunal, producto de un declive económico signado por los saqueos a los supermercados y el virtual quiebre del Estado. El mismo pueblo que apenas veinte años atrás lo execraba, lo despide hoy asignándole una dignidad cercana a la de un prócer. Confirmando, de paso, esa otra tendencia nacional a sacralizar a las figuras históricas (a San Martín se lo ha designado nada menos que "el santo de la espada"...).

Creo que las razones para que esto sea así hay que buscarlas en dos planos. Por un lado, el de la conducta personal de alguien que jamás fue acusado por hechos de corrupción y que, por ello mismo, podía caminar con tranquilidad por la calle, en un país en el que la deshonestidad ha adquirido visos de endemia. ¿Puede Menem sentarse a la mesa de cualquier bar de Buenos Aires a tomar un café sin temor a que alguien lo increpe? ¿Podrá hacerlo Kirchner en unos años más?

Por el otro, el de un hombre a quien le tocó asumir un cargo de máxima responsabilidad en condiciones durísimas, y que demostró entonces la firmeza de su compromiso republicano. Había que tener las agallas bien puestas para perseguir judicialmente a dictadores y guerrilleros (esto último, Hebe de Bonafini aún hoy no se lo perdona) en ese momento, y Alfonsín lo hizo. El país había llegado al fondo del abismo (con una dictadura criminal y una guerra perdida) y en ese comienzo de su gestión él estuvo a la altura exigida por las circunstancias, en un contexto político que no podía ser más complejo. La relación de su gobierno con los militares, que por aquellos años -pese a lo reciente de su fracaso- conservaban una cuota de poder hoy inimaginable (recordar el conato rebelde de Seineldín y Rico), fue muy dificultosa y estuvo marcada por aciertos y errores. Claro que, como suele suceder, el enfoque desde la perspectiva histórica es muy diferente del que tuvo a su alcance el protagonista en el momento de tomar las decisiones.

No siempre Alfonsín cultivó el perfil dialoguista y proclive al consenso con que hoy se lo recuerda: cuando las mieles del poder halagaban su paladar, mantuvo duras polémicas con periodistas, la iglesia y con "el campo", entre otros, y una relación conflictiva con ciertas figuras que no le simpatizaban como... Mirta Legrand. Su dialoguismo emergió cuando su estrella ya había declinado.

El tiempo transcurrió y fue el aspecto económico, más que el político, el que terminó afectando su desempeño presidencial en forma grave. Los errores del impresentable ministro Grinspun primero, y, según tengo para mí, una falta de convicción del mucho más solvente sucesor de éste, Sourrouille, para aplicar necesarios cambios estructurales (carencia compartida por Alfonsín, sin duda), desembocaron en el desborde fiscal, la hiperinflación y, a continuación, en el colapso de su presidencia. Aquel desprestigio al que me refería en el segundo párrafo tenía su origen en el agudo contraste entre la esperanza que su gobierno había despertado y la profunda decepción del final.

Más tarde, participó del llamado pacto de Olivos, que terminaría posibilitando la reelección de Menem. Me da la impresión que con esa movida trató de morigerar la hegemonía justicialista en ciernes, sin lograrlo. No puedo olvidar, tampoco, la cuestionable actitud de Alfonsín ante el gobierno de De la Rúa. Los historiadores deberán aportarnos alguna vez, el análisis de su papel en aquellos momentos, y en especial respecto de su interacción política -como referente principalísimo del partido radical- con Duhalde y el peronismo de la provincia de Buenos Aires en la debacle de diciembre de 2001.

Más allá de esos claroscuros propios de toda obra humana, me parece que la de Alfonsín merece un reconocimiento por su empeño democrático. Las personas de mi generación, que ha experimentado en carne propia las funestas consecuencias que la desaparición de los partidos del escenario político conlleva, deberían sentirse muy preocupadas por la situación actual, en la que el escepticismo generalizado determina la falta de representatividad de esas organizaciones. Hoy ya no hay partidos sino "espacios", y los programas (¿quién habla hoy de una "plataforma electoral"?) han dejado su lugar a las apelaciones personales (los "ismos"). Ese marco de anomia explica tanto las "transversalidades" y las "borocotizaciones", como las relaciones clientelares en las que pícaros "operadores" se mueven tan a gusto.

Creo valorable, entonces, que Alfonsín haya sido toda su vida -y con todos sus defectos- un político orgánico. La política partidaria, tan vituperada, es pese a todo la herramienta democrática que puede hacernos superar el actual estado de cosas, y Alfonsín fue un político por excelencia.

domingo, febrero 08, 2009

Cafetín de Buenos Aires

Desde mi adolescencia estuve vinculado, de un modo u otro, a algún café. El antecedente más remoto que recuerdo es de mis tiempos de estudiante secundario, cuando a la salida del colegio "Hipólito Vieytes" de Buenos Aires, con mis compañeros íbamos a un bar ubicado frente al monumento al Cid Campeador, en "las diez esquinas" del barrio de Caballito. Cuando el mozo nos veía entrar en tropel el gesto se le transformaba, porque además de invadir el lugar con nuestro barullo, éramos capaces de consumir apenas una gaseosa entre siete u ocho, mientras concretábamos la transgresora aventura del cigarrillo.

Pocos años después fue el turno del "Café Bar El Parque", en la esquina de la avenida Rivadavia y el pasaje Florencio Balcarce. En tiempos en que esos bares de barrio permanecían abiertos las veinticuatro horas del día, probé por primera vez las "bebidas blancas" que mi padre me recomendaba evitar. Fue Manolo, el mozo gallego de infalible buen humor, quien me sirvió mis primeras ginebras (ya que el flaco contenido de la billetera pocas veces alcanzaba para un whisky). Pero, más importante que eso, en "El Parque" -un lugar con cierta historia, en el que habían parado deportistas conocidos como el futbolista Frassoldatti o el automovilista Rodríguez Canedo, y en cuya ventana se había tomado la fotografía del cantante Horacio Molina que ilustraba la tapa de uno de sus discos- empecé a desarrollar junto a mis amigos del alma esa costumbre de la tertulia interminable: sabido es que en torno a una mesa de café los argentinos podemos conformar el mejor equipo para la selección de fútbol, solucionar los más graves problemas del mundo y superar -o al menos "contener"- cualquier dificultad sentimental, por compleja que parezca.

En la época universitaria, el bar "Los estudiantes" de la avenida Córdoba albergaba mis angustias previas a los exámenes, situación que compartí también con quien luego sería mi esposa. Íbamos allí los que seguíamos la carrera de economía, para desmarcarnos de los que estudiaban para contador, que paraban en el "Facultades" de la esquina de Uriburu. Esa tajante división no impedía, claro, que peroráramos en contra del sectarismo...

Con el traslado a Ushuaia sufrí una especie de crisis, ya que por demasiado tiempo no encontré el lugar apropiado para continuar con aquella costumbre. Hasta que hace unos quince años abrió el "Café de la Esquina", en San Martín y 25 de Mayo, al que casi desde el comienzo frecuenté con mis amigos. Hasta que cerró hace un par de meses. La piqueta del progreso va a demoler el antiguo edificio, para permitir la construcción de uno nuevo en el que, posiblemente, David abrirá otra vez las puertas del boliche. Por supuesto que esperamos con ansiedad el momento en que Ariel vulelva a dejar sobre nuestra mesa, como sólo él sabe hacerlo, esos humeantes pocillos.

"El Parque" tampoco existe ya, pero Buenos Aires conserva aún varios cafés míticos, como el "Tortoni" de la avenida de Mayo. Sin embargo, no se trata de un patrimonio exclusivo de esa ciudad. Ejemplo: "El Cairo" de Rosario, inmortalizado por la obra literaria de Roberto Fontanarrosa. La afición por la charla de café es, sin duda, una marca registrada de cobertura nacional.

Quizá por ello el tango se ha ocupado con frecuencia de esa preferencia argentina. Dos que me gustan mucho son "Un boliche", de Tito Cabano y Carlos Acuña, y "Café La Humedad", de Cacho Castaña. Pero creo que ninguno supera a "Cafetín de Buenos Aires", con letra del gran Enrique Santos Discépolo y música de Mariano Mores, que en la interpretación del "Polaco" Roberto Goyeneche llega en este domingo a P & M, para que no lo extrañemos a Astor.





jueves, enero 29, 2009

Dulces nostalgias de verano


El verano es una linda estación en Ushuaia, por varios motivos. El clima se torna menos riguroso (aunque mantiene su inestabilidad), el monte circundante aporta su verdor y, desde los jardines y las plazas, plantas como lupinos, retamas y muchas otras regalan el colorido de sus flores.

Es la época en que arriban los cruceros turísticos, esas naves gigantescas desde las cuales descienden unos visitantes ávidos por conocer las peculiaridades del lugar en el que pasarán sólo unas pocas horas. También llegan muchos por vía aérea, así como por tierra: hay familias que vienen en sus casas rodantes o en camionetas 4x4, tipos con apariencia ruda en sus formidables motocicletas y hasta ciclistas sobre los que uno se pregunta cuántos sacrificios habrán hecho para devorar pedaleando las interminables y ventosas rutas patagónicas.

El centro de la ciudad se llena de paseantes y a los lugareños eso nos gusta, porque sentimos que contribuyen a nuestra evolución económica, aún cuando como este año -por la crisis- restrinjan muchísimo sus gastos. Aquí y allá, en los bares y restaurantes como en las tiendas y en las veredas, escuchamos lenguas extrañas y vemos fisonomías diferentes. Campea un cosmopolitismo despreocupado y vital.

Y también es el tiempo en que vuelven los adolescentes y jóvenes hijos de familias locales a pasar unas vacaciones en su lugar de origen. Están estudiando en Buenos Aires, Córdoba o Bahía Blanca, o trabajando en distintas partes del país y del mundo. Años atrás desplegaron sus alas y abandonaron sus nidos, a los que vuelven -en muchos casos, cada vez más esporádicamente- para recargar sus baterías con afecto familiar.

Los más jovencitos provocarán pronto el desencanto y el fastidio de sus padres, porque la irresistible atracción de las salidas nocturnas hasta cualquier hora, determinará que duerman luego casi todo el día. Sus familiares terminarán contentándose con compartir la última hora de la tarde y, con suerte, el momento de la cena, interrumpido por una sucesión interminable de llamados telefónicos y SMS.

Me gusta cuando los veo por la calle y reconozco, detrás de esas figuras cuasiadultas, al chiquilín o la muchachita que conocí tiempo atrás, dando mis clases de economía en el Colegio Nacional. Y me siento colmado de felicidad y -por qué no- de orgullo cuando uno de ellos me llama con un cálido"¡Profe, cómo le va!" y se acerca con una sonrisa fresca para abrazarme y charlar unas palabras conmigo. Me llena de gusto comprobar que han crecido, que tienen proyectos por los que se esfuerzan y para los que se preparan, y que son, ante todo, buenas personas.

Estos encuentros me recuerdan que el tiempo pasa muy rápido, pero también que no ha transcurrido en vano. Entre los afectos que conforman lo más valioso de mi patrimonio, estos chicos y chicas ocupan un lugar muy importante.

(Nota: en la foto, chicos de la segunda promoción del CNU, que cursaron entre 1995 y 1999. En este último año, tuvieron que sufrir mis peroratas sobre Adam Smith, Keynes y la escasez...)