jueves, julio 13, 2006

VINDICACIÓN DEL FÚTBOL PURO

El fútbol, globalmente considerado y en su versión FIFA-Havelange que Blatter ha continuado y perfeccionado hasta alcanzar niveles de excelencia, es uno de los negocios más lucrativos del mundo moderno. El máximo organismo mundial, como un pulpo de brazos incontables y omnipotentes, controla de modo férrero desde la rutilante World Cup hasta el más recóndito rincón del fútbol sala, abarcando así todas las fuentes de generación de ingresos financieros de este maravilloso deporte. Nada puede eludir su sombra totalizadora. Recientemente se supo de la sanción que la FIFA aplicó a la federación griega, acusándola de no ser independiente de las leyes que rigen en el país helénico (???).

Ese escenario en el que predominan la ingeniería financiera y la estrategia marketinera, parece muy alejado de las playas paulistas en las que los pibes morochitos sueñan con emular a un Edson Arantes do Nascimento de piernitas flacas que apenas vieron en alguna foto vieja, y sin embargo se nutre de ellas. Tanto como de los ásperos campitos del Fuerte Apache de los que surgió Carlitos Tévez, las callecitas de Sao Bernardo do Campo que albergaron en su niñez al petiso Deco y los suburbios de Guyana en los que el flaquito Malouda —mal que le pese a LePen— aprendió a gambetear zancadillas rivales. Aquél no sería posible sin éstos.

Por esa misma razón, David Beckham se destaca, más que por la fina sutileza con que sabe acariciar el esférico, debido a su glamoroso aspecto (y el de su esposa). Quizá también por tal motivo, el
millonario Ronaldinho y las demás saciadas estrellas del conjunto verdeamarelho se fueron de Alemania 2006 antes de lo que todos preveíamos, sin trasuntar demasiado dolor por ello. Como si no hubieran encontrado una motivación deportiva para agitarse en la cancha.

Después de todo, pareciera que nada puede escapar a la fría lógica del negocio. Incluyendo la cuestión siempre polémica de los arbitrajes, acerca de lo cual sólo habría que indagar la opinión de los australianos respecto del español que fabricó el penal con que una por entonces desorientada azzurra fue catapultada amablemente a cuartos de final.

El fútbol-negocio, naturalmente, odia los riesgos. La impronta del Mundial que acaba de finalizar fue la módica, más bien escasa vocación de los equipos por alcanzar el área adversaria: primero nos defendemos, después… veremos. Es difícil recordar partidos que pudieran ser descriptos, aunque sea por momentos, como “de ida y vuelta”. Nada que se pareciera a esos intercambios de golpes entre dos boxeadores de los que un público tenso y excitado espera que en cualquier momento surja el nocaut. Casi todos los protagonistas actuaron como tiempistas, calculadores y bailarines. Fue exasperante ver cómo los ecuatorianos se resignaron a la despedida sin apretar el acelerador contra una Inglaterra que casi no tenía nafta en el tanque.

Por eso no debe extrañar que hayan llegado a la final dos equipos caracterizados por la férrea solidez de sus esquemas defensivos. La incólume solvencia de Thuram equivalente a la firmeza inexpugnable de Cannavaro; el prolijo tic-tac de Pirlo y Gattuso consonante con el sincronizado andar de Vieira y Makelele. Y en las mentes de Lippi y Domenech, el arco propio antes que el contrario. Los goles vinieron por un penal y un corner. El segundo tiempo transcurrió entre bostezos, y el alargue se parecía demasiado a una agonía.

Hasta que en medio de tanta especulación apareció el fútbol puro. No en su mejor expresión, sino todo lo contrario, mediante un hecho a todas luces reprobable y antideportivo. Un defensor italiano insultó malamente a Zidane y el supremo héroe francés, el talentoso que estaba cerrando una gloriosa campaña con una actuación digna de su excelsa calidad, le metió al tano hablador un
seco cabezazo en el pecho, quizá porque el otro era demasiado alto como para estrellárselo en la nariz.

Abominable acto, merecedor de la justa expulsión. Mal ejemplo para los niños y los jóvenes. Pero, también, fútbol puro. En cualquier humilde potrero de cualquiera de los cinco continentes, los insultos rastreros por el estilo generan inevitablemente el tipo de reacción furibunda acaecida en el lustroso césped berlinés. En ese instante aciago, Zidane no se acordó de los escasos minutos faltantes para que —independientemente del resultado del partido— el coro unánime de dirigentes y periodistas lo consagrara como el máximo futbolista del campeonato. Le importaron un comino las circunstancias, el marketing, la marca de sus botines y la magnificencia del entorno. Simplemente, soltó la rienda del potro sanguíneo que lleva adentro y se fue masticando bronca, a tal punto que ni siquiera se presentó a recibir su medalla por el segundo puesto. Y es de suponer que Materazzi hizo bien en no ir a pedirle disculpas en el vestuario...

Estupidez y locura, pero al mismo tiempo, repito, fútbol puro.

Ave, Zizou: viva el fútbol. Los que —con suerte y destreza tan dispares como Alfredo Di Stéfano
y quien esto escribe— transpiramos camisetas corriendo detrás de una pelota, te comprendemos.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Ma(e)stro....Felicitaciones, por fin, estoy seguro que este blog va a llegar lejos....y viva Zizou con cabezazo incluído!!! un abrazo.... Luis C.

Anónimo dijo...

Mastro: El blog es casi tan bueno como el del argentino en Madrid. Más, te tengo fe y con esta del escarabajo, creo que lo estas alcanzando.
te felecito
El cocinero

Anónimo dijo...

Miguel, tu nota nos ha hecho emocionar. Te tenemos fe como escritor y tal vez mucho más después de un buen Malvec.
Liliana y Jorge Mendez

Anónimo dijo...

Fe de erratas:
Malbec siempre se escribió con b.
Liliana

Pato dijo...

Mastro: me emocionó mucho la anecdota del escarabajo. No te imaginas como me gustaría tener una anécdota con mi viejo para contarsela a mis hijos. En fin la vida es asi. Un fuerte abrazo.
Pato_Cuervo.

Anónimo dijo...

Mastro: Pese a los 7 goles que les hicimos creo que en definitiva es absolutamente circunstancial, lo que no me cabe duda es que ya no tienen jugadorazos como los del 68.
En esos años yo era socio del ciclón y recorría el viejo gasómetro también despúes de los ravioles con pollo que hacía mi vieja primero y mi suegra años después, no solamente los domingos, jugaba al tenis en la semana, al bowling y practicaba tiro. Jugaba al billar y perdía algunos pesos apostando contra los profesionales. Otra época que ya no volverá. Luiggi