jueves, febrero 19, 2009

Recuerdos del Canadá

Canadá, Australia y Nueva Zelanda eran, cien años atrás, países bastante comparables a la Argentina. Un siglo más tarde, la brecha que nos separa de ellos es abismal, por muchas razones.

¿Determinismo geográfico? Lo dudo, en alguna medida porque este tipo de explicaciones puede llevar a conclusiones equivocadas. Es un factor que tiene su importancia, como lo señala con acierto Il Postino en un muy buen post, pero no es el principal. Me inclino más a explorar cuestiones vinculadas con aspectos históricos e institucionales, como lo hace García Hamilton en su libro "El autoritarismo y la improductividad".

En estas cosas pensaba cuando, en 2007, pude visitar Canadá. Sabido es que el viajero suele caer en una especie de reduccionismo, por el cual tiende a convertir lo que percibe durante su corta estadía en una síntesis abarcadora de la completa idiosincracia de un país. Ejemplo: te toca un mozo parisino que elude hacer un mínimo esfuerzo para entender que le estás pidiendo un café, y concluís que los franceses son todos unos negados.

Con esa auto-advertencia en mente, recorrí Toronto, Ottawa, Montreal y Quebec, condicionado tal vez por el frío y poco afable -aunque correcto- trato que me habían dispensado en la embajada de Buenos Aires al tramitar la visa, imprescindible para entrar al país.

Resultó entonces una agradable sorpresa el comprobar que el desenvolvimiento productivo, en buena medida derivado de la articulación de su economía con la del gigantesco vecino del sur, está matizado por pinceladas de un desarrollo social y cultural muy interesante.

Algunas cosas resaltan con total nitidez ante los asombrados ojos de un argentino, empezando por la conducta urbana y vial. El tránsito, aún tratándose de grandes aglomeraciones, es ordenado y tranquilo: para quien está acostumbrado a manejar en las caóticas condiciones de la Argentina, hacerlo allí es casi placentero. El respeto por el peatón es una premisa central, así como el cumplimiento estricto de todas las normas para circular. Entonces, conducir un vehículo termina siendo algo sencillo.

Asimismo, en los quince días en que anduve por allí, no pude ver siquiera un perro suelto en sus calles, y ni una sola de las huellas con que estos animalitos decoran generosamente las veredas de nuestras urbes. De hecho, la limpieza urbana es formidable, como se aprecia en la siguiente foto de un sector céntrico de Ottawa:



El estado de bienestar de tipo europeo funciona, aunque según parece con algunas imperfecciones. Ello no quiere decir que no haya conflictos políticos o sociales, los cuales incluyen a los de las minorías que luchan por mayor reconocimiento a sus derechos. Sin embargo, los segmentos descontentos de la población manifiestan en la vía pública sus reclamos mediante una metodología bastante diferente a la habitual en nuestro país, según lo testimonia la siguiente imagen de un "piquete"obtenida también en la capital canadiense.



Volviendo al tema de la cuestión geográfica, los canadienses han tenido que adaptarse a un clima bastante riguroso, que condiciona en forma muy fuerte las posibilidades del asentamiento poblacional y de las actividades productivas. Ante ello, han desarrollado en Montreal una solución asombrosa, construyendo una increíble "ciudad subterránea" que posibilita a sus habitantes una vida confortable aún bajo los intensos fríos invernales.



Quebec, la provincia francófona en la que una alta proporción de habitantes aspira a la independencia, es probablemente la zona más atractiva de las que recorrí, en especial la Nouvelle France que se extiende hacia el norte entre fiordos, bosques, montañas y lagos. Testimonio del desarrollo turístico de la región, el edificio del hotel Chateau Frontenac, inaugurado por la compañía ferroviaria Canadian Pacific en 1893, provoca admiración por su señorial elegancia.


Ya a punto de emprender el regreso, anduve cerca de Toronto por la región del Niágara, en una de cuyas fincas pude paladear un exquisito cabernet franc. También comprobé que las promocionadas cataratas son bastante menos imponentes que las del Iguazú...



3 comentarios:

Urboterra dijo...

Quizás tu completo analísis (que creo hiciste con lupa económica y política) no merece una réplica tan tonta y fácil como la que voy a hacer. Pero creo que también puede dar lugar a debate. Y la réplica es un poco en forma de pregunta: está bien, los canadienses son ordenados y limpios y tranquilos y agradables... Pero no son unos aburridos? Viste a un grupete de canadienses adolescentes jugando una mariandela con un sólo arco? No son imperfectos en su perfección?
En estos enfoques siempre se dejan cosas de lado, pero: no es mejor un lugar donde se pueda jugar al truco hasta las tres de la mañana? O un lugar donde le puedas gritar cosas a una chica y se ría? No sé... Los ejemplos son medio tontos, pero sus cotidianeidades parecen ser tan correctas que aburren un poco.
Abrazo de gol del Cuqui (a ver si afinamos la puntería)
Etienne

Miguel A. Mastroscello dijo...

Es cierto, probablemente la vida de un canadiense promedio sea bastante más aburrida que la nuestra. Ahora,lo que me da bronca es que ciertas brechas -que básicamente devienen del respeto estructural que ellos tienen por las normas- podrían ser achicadas con facilidad, por la vía de la educación y la calidad institucional. En fin, espero que los argentinos de tu edad puedan alguna vez empezar a ver pequeños cambios en ese sentido; por ahora, vamos como el cangrejo...

Zorombático dijo...

Estimado Tocayo, visité Toronto, Burlington, Niagara y Montreal en 2004; estoy de acuerdo contigo y te doy la razón, lo que pasa es que los latinoamericanos somos como chicos de pecho malcriados y ellos, los canadienses, ya están más creciditos.
Y no creas... los montrealenses se la pasan muy bien y tienen mucho sentido del humor, son sumamente divertidos, un amigo les llama los "latinoamericanos congelados".

Un abrazo tropical y tercermundista.