lunes, junio 29, 2009

El día después


La lectura primaria de los resultados de la elección general de ayer me devuelve una imagen positiva. La votación ha determinado una durísima derrota para un personaje oscuro y limitado, cuyas únicas dotes comprobables se relacionan con la picardía (en el sentido más peyorativo del término: léase "picardía criolla") para tratar de disfrazar con un discurso nac&pop su proyecto de cuño putiniano, lo cual fue comentado meses atrás en P & M.

La tosca incompetencia de Kirchner queda expuesta en toda su magnitud si se tiene en cuenta que la derrota de la que fue único mariscal de campo, sobreviene tras una fase expansiva del ciclo económico que su gobierno se empeñó en desperdiciar, hasta ratificar el pronóstico de Jorge Asís y chocar la calesita. De nada le valió la maraña de artilugios, falsedades, chicanas y maniobras de diversa índole para evitar una caída estrepitosa, en la que arrastra no sólo a sus secuaces más conspicuos, sino también a un variopinto grupo de intelectuales, encuestadores y pseudoperiodistas. Sus dislates en materia económica se sumaron a los errores políticos, enlazados en pos de consolidar una hegemonía que iba en camino de replicar a la que implantó en su provincia de origen; curiosamente, o no tanto, en esta elección el kirchnerismo también ha perdido en Santa Cruz.

Atrás queda el simulacro de keynesianismo con que, como decía al principio, trató de maquillar la serie de operaciones cuasimafiosas instrumentadas para apropiarse (por vía directa o a través de personeros) de recursos, activos y empresas. En poco tiempo, es posible (deseable) que sus principales preocupaciones se refieran a presentes y futuras causas judiciales, para eludir las cuales todavía puede acudir a resortes que ha venido instalando con previsión digna de mejores objetivos.

Pero también es posible una segunda mirada de la elección, que no resulta tan refrescante: es la que se posa sobre el paisaje gris de la oposición política, casi tan carente de propuestas como el oficialismo. Tanto el llamado peronismo disidente (¿será cierto que lo es?) en sus distintas vertientes como la alianza de radicales y ex-aristas fueron incapaces de sustraerse al influjo de una campaña basada en personalismos, agresiones y golpes de efecto. Que un programa humorístico (por llamarlo de alguna manera) de televisión haya sustituido a la tribuna política es toda una demostración del ruinoso estado en que se encuentra lo que los politólogos llaman "opinión pública". De hecho, es probable que la masiva repercusión de "Gran Cuñado" le haya servido al hasta hace unos meses semidesconocido Francisco de Narváez como trampolín para el éxito.

No hubo nada parecido a planteos que, excediendo el mero plano retórico, se ocuparan de la calidad institucional, las patéticas carencias de la educación y la salud públicas, o la indefensión ante el crecimiento del delito en todos los niveles (desde el arrebato callejero a un jubilado hasta la producción de cocaína, con ejecuciones a manos de sicarios incluidas).

Por otro lado, reaparecieron los reclamos por un estatismo que no puede terminar de un modo demasiado diferente a como terminó en los ochentas. Cuando escucho a Solanas (no es el único) vinculando a las empresas del Estado con un difuso "patrimonio nacional" que habría que defender, me pregunto dónde vivió este hombre en los últimos treinta o cuarenta años, y me contesto que difícilmente en la Argentina, donde esas empresas -petroleras, de electricidad, de transporte, telefónicas y de otros rubros "estratégicos"- eran verdaderos monumentos a la ineficiencia y el desprecio a sus clientes, al par que devoradoras insaciables de fondos públicos y generadoras de jugosos negociados para abogadillos y amigos del poder.

Este discurso, digamos, neoestatista es recibido con beneplácito por una población que dice descreer de todos los políticos y, pese a ello, está dispuesta a confiarles la asignación de los recursos productivos de la economía suponiendo con ingenuidad que, esta vez sí, la cosa va a funcionar.

Pero, más allá de estas elucubraciones, confieso que ver el rostro demudado que el candidato derrotado tenía en la madrugada de ayer cuando admitió la derrota ha sido para mí como una bocanada de aire puro, que espero volver a sentir más tarde cuando vea la conferencia de prensa que ha anunciado la Presidente.

La imagen es de Clarín.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimado, me parece que no pudo tmar otra bocanada de aire fresco con el discurso de la presidenta. Continua la soberbia y el aislacionismo, tendremos monarcas para rato.

Lo que me deja tranquilo es que no somos Venezuela, en el sentido que le pusimos limite al atropello.

Tomé solo una bocanada de aire, a como veníamos ya es mucho, pero no nos confiemos.

Miguel A. Mastroscello dijo...

Anonimo: estamos de acuerdo, como lo puede comprobar leyendo el post siguiente. Esta chica está totalmente perdida. Ella debería ocuparse menos de los resultados de El Calafate y más de los de la mesa de la Cárcel de Mujeres...