martes, abril 01, 2008

Que cien años no es nada



La ceremonia, por lo menos mientras yo era demasiado chico como para ir de visitante, se cumplía domingo de por medio (los viernes no había fútbol, y los sábados sólo se jugaban los campeonatos del ascenso).

Mi viejo -de traje y corbata en invierno, en "mangas de camisa" cuando empezaba a hacer calor- iba a buscar el auto a media mañana, y poco antes de las once partíamos por primera vez en el día hacia el Gasómetro, para ver a la tercera. Vivíamos en Caballito, relativamente cerca del estadio.


Cuando terminaba ese partido, volvíamos a casa, donde mi vieja ya tenía lista la mesa para servir los ravioles. Comíamos con la compañía radial de la Revista Dislocada de Délfor, cuyos avisos publicitarios eran leídos por un joven locutor llamado Cacho Fontana.


Al rato, salíamos en el auto otra vez para la cancha; los días de partidos importantes, con mucha concurrencia de público, teníamos que estacionar lejos, como... a tres cuadras. De todos modos las tribunas siempre estaban casi colmadas, aunque el encuentro no tuviera demasiada trascendencia. Entrábamos por la puerta de la calle Inclán, atravesábamos el hall y pasábamos frente a la piscina, las canchas de tenis y el salón Gral. San Martín donde jugaba el equipo de basquetbol; después de caminar por debajo de las graderías (me acuerdo cómo me impresionaba ver las columnas y los tirantes de hierro que sostenían los tablones, mientras los cantos de las hinchadas retumbaban gratamente en mis oídos) íbamos por el pasillo hasta el acceso a la platea.


Platea alta, segunda fila empezando de arriba, asientos 47 y 49 (años después se sumaría mi primo Quique). Podíamos ver las cabinas de los periodistas, donde luego se desgañitaría el gordo Muñoz junto al atildado comentarista Enzo Ardigó. Una vez instalado, mi viejo saludaba a los demás habitués, encendía el primer Colorado con filtro y buscaba con la mirada al cafetero. Sorbía el humeante vasito de Sorocabana y mientras se quejaba con un "Puf, esto es jugo de paraguas", prestaba atención a La Voz del Estadio, que -al tiempo que terminaban las reservas- daba a conocer las formaciones de los equipos para el partido de primera. Después continuaban los jingles de los pilotos Aguamar ("si su piloto no es Aguamar/no es impermeable/le puedo asegurar..."), el analgésico Mejoral ("Mejor mejora Mejoral") y la ginebra Bols ("cada día, una copita/estimula y sienta bien...").

Enseguida empezaban los intercambios de pálpitos y chimentos. Al rato, la gente empezaba a pararse, alguien corría el toldo que protegía la boca del túnel y los plateístas adivinábamos que el equipo estaba ingresando al campo porque la hinchada en la tribuna de la cabecera de Avenida La Plata estallaba en una ovación a la que nos sumábamos con fervor: "¡El Ciclón! ¡El Ciclón!".



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En ese templo del fútbol argentino, que hasta la inauguración del Monumental de River había sido el estadio donde jugaba la selección, aprendí a sentir la secuencia de tristezas y alegrías que depara ese juego inasible. El lunes, en el Colegio, las cargadas de/a mis amigos daban testimonio del resultado.



Casi no le di crédito a mis ojos cuando vi el gol de taquito que el Nene Sanfilippo le hizo al imponente Tarzán Roma, apenas empezado un partido contra Boca en 1962 (el Tano no debe tener buenos recuerdos del Wembley porteño: el Bambino le metió allí cuatro al hilo, en el 65). Disfruté después la irrupción de los Carasucias, y me atosigué de fútbol bien jugado y contundencia ofensiva con los Matadores del '68. Puedo recitar hoy esa formación de memoria, tanto como las de otros clubes, porque en esa época los planteles no tenían la volatilidad absurda de la actualidad. Gocé con el doble campeonato del '72 y con el de 1974, y admiré al increíble Gringo Scotta que en 1975 metió 60 goles, pulverizando el record de Arsenio Erico. (Nota: el ultrapromocionado Martín Palermo, en su mejor año en Boca, hizo... ¡32!).





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Después el mundo siguió andando. Me casé, vine a vivir a Ushuaia, el Gasómetro desapareció y por poco no sufrí "una descompensación" cuando descendimos en 1981. Es cierto que el fútbol da revancha, y entonces -más allá de las trapisondas dirigenciales y la debacle institucional- vinieron los campeonatos del 95 con el Bambino como DT, del 2001 con el chileno Pellegrini y del 2007 de la mano del riojano, que pude festejar junto a mis hijos (el último, a la distancia).


Hoy el club cumple 100 años, pero ya no es el referente barrial de antaño. De todos modos, cuando esta tarde vaya al Nuevo Gasómetro con mi primo, volverá a pasar ante mis ojos la película de mi infancia y mi primera adolescencia, indisolublemente ligadas a un maravilloso caudal de aromas, sonidos e imágenes inundado por los colores azulgranas. Algo que no es posible explicar desde un ángulo racional, y por lo tanto nunca podrá ser entendido por quien no subió jamás por la escalinata de una cancha abriéndose paso entre la multitud.


Todo eso que hace que aún hoy, cuando mi veteranía haría suponer que estoy "por encima de ciertas cosas", no pueda evitar que se me llenen el pecho y la garganta con un vendaval de sentimientos cuando la pelota impulsada por el Berni Romeo traspone la raya del arco rival.


3 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelente relato de tu historia. Los que estamos entrados en años nos acordamos de todos esos detalles lo que al mismo tiempo nos hace incorporar las propias viviencias. Es un muy buen ejercicio para recordar que hubo épocas mejores donde nos conformábamos con mucho menos y cuando podíamos disfrutar de las cosas cotidianas a las cuales les dábamos un valor superlativo. Aguante los gauchos de boedo, aunque lo diga un bostero. Luiggi

El Bambi dijo...

Muy lindo texto, Miguel. Crteo que soy más joven y he visto menos, el campeonato con el que más me identifico es el del 95, porque el camino desde mi infancia hasta ese año fue una penuria futbolítica, todo el colegio escuchando que no teníamos cancha y no dábamos la vuelta nunca más. Fue una descarga y un día feliz, pero de una felicidad distinta a la de conocer a mi esposa en un colectivo o ver a mis hijos salir de su pancita.

San Lorenzo tiene ese no sé qué que lo hace distinto a los demás grandes. Es un espíritu de barrio y una forma de vivir las cosas que tiene el hincha que es distinta a la de sus colegas, me parece a mí.

Fue muy buena la fiesta del otro día. Sin tensiones, en familia, bien azulgrana.

Miguel A. Mastroscello dijo...

Claro, hay una diferencia generacional (eufemismo por "soy más viejo que vos"), que hace que en mi caso el campeonato emblemático haya sido el del 68, después de nueve años de sequía y con un equipazo.

Coincido con vos, El Bambi, el Ciclón tiene un no sé qué, mezcla de emociones barriales con trasfondo tanguero. La fiesta fue muy linda y emotiva. Un abrazo cuervo.