jueves, enero 29, 2009

Dulces nostalgias de verano


El verano es una linda estación en Ushuaia, por varios motivos. El clima se torna menos riguroso (aunque mantiene su inestabilidad), el monte circundante aporta su verdor y, desde los jardines y las plazas, plantas como lupinos, retamas y muchas otras regalan el colorido de sus flores.

Es la época en que arriban los cruceros turísticos, esas naves gigantescas desde las cuales descienden unos visitantes ávidos por conocer las peculiaridades del lugar en el que pasarán sólo unas pocas horas. También llegan muchos por vía aérea, así como por tierra: hay familias que vienen en sus casas rodantes o en camionetas 4x4, tipos con apariencia ruda en sus formidables motocicletas y hasta ciclistas sobre los que uno se pregunta cuántos sacrificios habrán hecho para devorar pedaleando las interminables y ventosas rutas patagónicas.

El centro de la ciudad se llena de paseantes y a los lugareños eso nos gusta, porque sentimos que contribuyen a nuestra evolución económica, aún cuando como este año -por la crisis- restrinjan muchísimo sus gastos. Aquí y allá, en los bares y restaurantes como en las tiendas y en las veredas, escuchamos lenguas extrañas y vemos fisonomías diferentes. Campea un cosmopolitismo despreocupado y vital.

Y también es el tiempo en que vuelven los adolescentes y jóvenes hijos de familias locales a pasar unas vacaciones en su lugar de origen. Están estudiando en Buenos Aires, Córdoba o Bahía Blanca, o trabajando en distintas partes del país y del mundo. Años atrás desplegaron sus alas y abandonaron sus nidos, a los que vuelven -en muchos casos, cada vez más esporádicamente- para recargar sus baterías con afecto familiar.

Los más jovencitos provocarán pronto el desencanto y el fastidio de sus padres, porque la irresistible atracción de las salidas nocturnas hasta cualquier hora, determinará que duerman luego casi todo el día. Sus familiares terminarán contentándose con compartir la última hora de la tarde y, con suerte, el momento de la cena, interrumpido por una sucesión interminable de llamados telefónicos y SMS.

Me gusta cuando los veo por la calle y reconozco, detrás de esas figuras cuasiadultas, al chiquilín o la muchachita que conocí tiempo atrás, dando mis clases de economía en el Colegio Nacional. Y me siento colmado de felicidad y -por qué no- de orgullo cuando uno de ellos me llama con un cálido"¡Profe, cómo le va!" y se acerca con una sonrisa fresca para abrazarme y charlar unas palabras conmigo. Me llena de gusto comprobar que han crecido, que tienen proyectos por los que se esfuerzan y para los que se preparan, y que son, ante todo, buenas personas.

Estos encuentros me recuerdan que el tiempo pasa muy rápido, pero también que no ha transcurrido en vano. Entre los afectos que conforman lo más valioso de mi patrimonio, estos chicos y chicas ocupan un lugar muy importante.

(Nota: en la foto, chicos de la segunda promoción del CNU, que cursaron entre 1995 y 1999. En este último año, tuvieron que sufrir mis peroratas sobre Adam Smith, Keynes y la escasez...)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola veo que compartimos el clima, es muy lindo lo que escribiste. Te invito a visitar mi blog "LA BIBLIA Y EL CALEFÓN" en www.marioalbornoz.blogspot.com

Miguel A. Mastroscello dijo...

Gracias por el elogio, Mario. Compartiré tu blog, saludos.