viernes, enero 02, 2009

Mirar para atrás, medio siglo después


“Para combatir mejor al enemigo, escuchamos su música, jugamos su deporte nacional y... usamos su moneda”. Luego de pronunciar esta frase, el guía nos dedicó un guiño cómplice y, sonriendo, abrió la puerta de la combi en la Plaza de la Revolución. Yo estaba con mi familia en La Habana, en marzo de 2004, y esa fue su respuesta a la consulta de otro turista, recién llegado como nosotros, acerca del uso del dólar en la Isla. Antes nos había hablado de la pasión isleña por el béisbol, el deporte creado por los estadounidenses.

Por entonces, la moneda norteamericana podía ser utilizada tanto por los turistas como por los pobladores, pero en noviembre de ese mismo año comenzó a regir una restricción, por la cual los verdes billetes ya no pueden ser aceptados por los comercios. Quienes los poseen y quieren comprar algo, tienen que canjearlos antes por “pesos convertibles” sufriendo una quita.

El salario medio equivale a unos 15 dólares, un muy buen sueldo llega a 19, y un televisor —por ejemplo— cuesta 200. La cartilla de racionamiento (lista de productos que se pueden adquirir a precios subsidiados por el gobierno) se limita sólo a algunos alimentos y en cantidades más bien modestas: entre otros artículos, mensualmente incluye para cada persona una ración de menos de 220 gramos de arroz, un pan diario y un cuarto kilo de pollo.

Una muy importante fuente de financiamiento de los presupuestos familiares es lo que los cubanos llaman “resolver”, lo cual traducido a lunfardo argentino sería algo así como “rebuscárselas”. Están los que resuelven de manera sencilla, porque sus actividades dependen del floreciente turismo: los mozos de cafés y restaurantes para quienes una propina de un dólar representa el diez por ciento de su sueldo mensual oficial, los músicos que actúan en todos los bares cobrando rigurosamente “a la gorra” (¿pasión por el arte o necesidad de resolver?) y los choferes y guías de los buses turísticos que piden por el altavoz a los pasajeros que al descender dejen su óbolo en una canastita.

A otros les resulta más complicado. Como a los que abordan al visitante por la calle, para venderle una moneda con la efigie del Che, un nuevo remedio para el colesterol o un cigarro hurtado de la fábrica Partagás. O el vendedor de una tienda oficial que despacha 900 gramos de pan, cobrando el precio por un kilo, procedimiento con el que contribuye a resolver tanto su problema como el del gerente del establecimiento, al tanto del asunto. Claro que esos 100 gramos de pan que van a “la bolsa negra”, como le llaman allí al mercado informal, arrastran una cadena de resoluciones que empezó con quien vendió la harina en el molino... Y si algún inspector husmea, no es problema: él también tiene que resolver.

También están los que piden por la calle un jabón, un bolígrafo o, directamente, algo para comer...

En suma, lo que existe allí es una economía informal de dimensiones monumentales, lo cual permite que algunos segmentos de la población sostengan un módico nivel de consumo, que de todos modos excede en forma holgada al que les resultaría accesible con los magros (por decirlo de un modo elegante) sueldos formales. Hay también algunas paradojas: mientras el exilio contribuye a financiar con sus transferencias al régimen que combate, el cerril bloqueo de los EE.UU. es (además de injusto) funcional al discurso nacionalista con que el gobierno martilla en forma permanente desde los medios de comunicación.

La estructural ineficiencia económica ha perdurado gracias a que se reemplazó al subsidio implícito en los precios políticos con que la ex URSS pagaba el azúcar y cobraba su petróleo, por la petrochequera bolivariana, las transferencias de la diáspora y los ingresos del turismo, paradójicamente a través de empresas capitalistas (en su mayoría, de accionistas españoles) con las que el Estado se ha asociado aportando terrenos y autorizaciones para operar. Quizá para aliviar alguna conciencia oficial atribulada, en el acceso a la ciudad de Varadero un gran cartel reza “Aquí se recauda para el pueblo”.

En la celebración del medio siglo de la revolución, Raúl Castro dió un discurso llamativamente corto (para los parámetros familiares) y sin los ribetes espectaculares que tenían los pronunciados por su hermano y antecesor. Un par de días antes, en unas declaraciones periodísticas, había reiterado que el igualitarismo salarial llegó a su fin, anunciando además recortes en los subsidios y la extensión de las edades mínimas exigidas para acceder al sistema jubilatorio.

Pero el patetismo del fracaso revolucionario está representado, mejor que por las medidas de ajuste económico, por aquello en lo que se convirtió el "hombre nuevo" que prometía forjar Guevara: un "buscavidas".

Si hoy Fidel accediera a mirar para atrás, como en la famosa foto que le tomó el periodista Enrique Meneses en la selva, quizá se sentiría avergonzado.

1 comentario:

Zorombático dijo...

Tocayo, es una pena en qué quedó Cuba. Para muchos (yo me incluyo hace 25 años) la Revolución Cubana fue un estandarte de dignidad latinoamericana. Pero ciertamente Fidel debería sentirse avergonzado. La pregunta es: ¿realmente lo estará?
Es una pena ver como un gran pueblo pierde su tiempo por culpa de un mal dictador.
En mayo del año pasado leí un libro de Pedro Juan Gutierrez: "Trilogía sucia de la Habana"; va de lo cómico a lo perverso, una reseña muy interesante de la cotidianeidad cubana a partir de 1996.
Un abrazo.