domingo, diciembre 06, 2009

Marrakech, la ciudad roja

Cuando llegamos con mi esposa a Marrakech, provenientes de Barcelona, nuestro estado de ánimo no era el mejor: el vuelo de la Royal Maroc había partido con varias horas de retraso, aterrizando a las 3 de la mañana. Sin embargo, en poco tiempo el humor nos cambió por completo, apenas comenzamos a recorrer la ciudad.
La curiosidad por una cultura que presumíamos muy diferente se vio satisfecha muy pronto, cuando deambulamos por las calles del casco viejo o “medina”, rodeada por una muralla construida en el Siglo X.

(Cliquear en las imágenes para verlas mejor)




Pero además, recorriendo el Guerliz –el barrio comercial del sector moderno, donde estaba nuestro hotel- nos sorprendió el encontrar una numerosa clase media dedicada al turismo, el comercio y los servicios (principales actividades de la ciudad), que se mueve con un parque automotor moderno y nutrido, cultiva una intensa vida social en los numerosos restaurantes y cafés, y va a consumir a los locales de firmas como Zara o McDonald’s. En esa zona, no obstante su pujanza, los edificios de departamentos nunca superan los cinco o seis pisos de altura y mantienen una identidad local muy marcada: no vimos ningún gigantesco cubo vidriado, de esos que se suelen levantar en nombre del modernismo. Las paredes, tanto allí como en la medina, presentan una coloración característica, que ha hecho que Marrakech sea llamada “la ciudad roja”.



El otro apelativo con que se la conoce es “la perla del sur”, por su ubicación en el sector meridional de Marruecos, a unos 200 kilómetros del desierto de Sahara. Fue la antigua capital berebere, por lo que integra el grupo de las “ciudades imperiales” junto con las otras tres capitales históricas del país: la actual, Rabat, Fez y Meknés.
En el sector moderno caminamos por las amplias veredas de la Avenida Mohammed V, la principal, y por anchos bulevares con canteros rebosantes de plantas y flores muy bien cuidados. El tránsito es intenso y el comportamiento de los conductores se asemeja al de los argentinos, aunque menos salvaje, quizá por la fuerte presencia policial que trata de imponer orden. Los taxis, varios de los cuales están bastante destartalados, son numerosos y el costo de un viaje es relativamente barato. Cuando uno de ellos pasa cerca de un fácilmente identificable turista, es muy común que el chofer toque bocina o le haga señas ofreciéndose a llevarlo.



La medina tiene dos sectores imperdibles. Uno es el soq o barrio del mercado, un laberinto de calles estrechas donde el paseante, esquivando motos, bicicletas y hasta carros tirados por burros, se pierde en medio de una multitud de locales y puestos (se calcula que son más de diez mil, pequeños, medianos y grandes) en los que se vende de todo: artesanías en cuero, platería, tapicería, lámparas, bijouterie, telas, ropa, y también hierbas medicinales, perfumes, especias. El primer día contratamos un guía que hablaba español, quien nos condujo por esa maraña de callejones para hacernos conocer la Medersa Ben-Youssef, una antigua escuela coránica, y el espléndido museo de arte, y luego nos arrimó a tres o cuatro negocios con los que obviamente debía tener arreglos previos. En un momento nos pidió que lo aguardáramos durante unos minutos, mientras iba a una mezquita (las hay por todos lados) a cumplir con uno de los cinco rezos diarios que prescribe su religión.



En los negocios del soq tuvimos oportunidad de practicar el imprescindible regateo de precios, una costumbre que parece estar impresa en los genes árabes. Una vez que uno ha elegido un artículo, el vendedor le preguntará cuánto pagaría por él; como uno no tiene la menor idea, el otro dirá un precio y allí empezará la negociación. El comprador argumentará con un lastimero “eso para nosotros es carísimo”, a lo que el comerciante responderá que en Marruecos también tienen crisis como en España. Al aclarar que uno no es español sino argentino, la respuesta vendrá con una sonrisa “¡Ah, argentinos, Messi!”. Con el clima así distendido, seguirá un ida y vuelta que irá aproximando las posiciones, la transacción se concretará y uno se alejará con la sospecha tan incómoda como inverificable de haber pagado más de lo que el comerciante en realidad pretendía…
El magnífico Palacio al-Bahia, construido a fines del siglo XIX por un Gran Visir también merece ser visitado. Como en la escuela coránica y el museo de arte, las techos y las paredes están decoradas con madera de cedro labrada, estuco de yeso y azulejos, y los pisos son de mármol de Carrara.



El otro gran atractivo del casco viejo es la plaza Jamaa-el-fna, cerca de la Koutoubya, la majestuosa mezquita principal de la ciudad cuyo alminar tiene 69 metros de altura. En la plaza se reúnen cientos (¿miles?) de buscavidas, desde encantadores de serpientes y adiestradores de monos hasta aguateros que tratan de atraer al paseante para cobrarle por una foto con ellos. Por todos lados hay puestos en los que se puede comprar frutas frescas y secas, hortalizas, jugos, kebab y pinchos con pequeñas albóndigas. Pero nosotros preferimos comer couscous o tajin (un guiso de carne de cordero o pollo con verduras, muy aromatizado) acompañado con una gaseosa (en ningún lugar vendían bebidas alcohólicas) y tomar luego un té a la menta, en alguno de los barcitos que están alrededor de la plaza, junto a turistas que parecen venir de todas partes del mundo. No hay feriados ni fines de semana ni horarios, allí la febril actividad no se detiene nunca.



Llama la atención ver a las mujeres vestidas de diversas formas. Están las que se cubren totalmente, dejando ver sólo los ojos (incluso usando guantes, con 30 grados de temperatura), pero son las menos. La mayoría luce sólo la cabeza cubierta y una túnica que puede llegar al piso o hasta la mitad de la pierna, en cuyo caso debajo llevan pantalones. Pero también están las que visten blusas o remeras y jeans, y no son pocas; por lo general, se trata de jóvenes, aunque vimos algunas “chicas” de nuestra edad que no se cubren tanto. Los hombres, en especial los jóvenes, visten al modo occidental, pero también se los puede ver ataviados con largas túnicas. Da la impresión de que coexisten sin problemas las costumbres tradicionales con las modernas, aunque lo corto de nuestra estadía no nos permitió percibir si eso representa un conflicto. Supimos que Mohammed VI, el actual y joven rey que ascendió al trono en 1999, ha venido impulsando una moderada modernización de las costumbres y la integración del país con el mundo, además de retomar el proyecto de conformar una monarquía constitucional, algo que en el largo reinado de su padre Hassan II -señalado como un déspota- había sido abandonado.
No hay inconvenientes para comunicarse, ya que casi “todo el mundo” habla o al menos maneja algunas palabras en español o francés, idioma este último que además de representar un rastro de la época colonial que terminó en 1956, es con el que se imparte la enseñanza universitaria. La gente es amable, la ciudad -pese a tener más de medio millón de habitantes- es tranquila y parece ser segura; como dije, se ve bastante policía en las calles.
Fue nuestra primera visita a África y a un país musulmán, y nos fuimos con ganas de volver.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hermoso relato, para variar.

Miguel A. Mastroscello dijo...

Chás gracias, Anónimo...